Curso con certificado de las 28 creencias bíblicas de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

Tema 4: Dios El Hijo

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Autor: PhD Marcos Terreros

Dios es amor, y la mayor demostración de su gran amor por los seres humanos fue la entrega de su amado Hijo, Cristo Jesús, para que muriera por nosotros, a fin de que, como resultado, obtengamos la vida eterna. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su único Hijo, para que todo aquel que en él crea, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16, ver 1 Juan 4:9).

El plan de salvación ilustradoDespués de la entrada del pecado en nuestro mundo, Dios instituyó sacrificios de animales para ilustrar la misión del Salvador que habría de venir (ver Génesis 4:4). Este sistema simbólico dramatizaba la manera en que Dios el Hijo habría de eliminar el pecado e ilustraba cómo el pecador recibía el perdón de los pecados por su fe en la muerte sustitutiva del Redentor venidero, la cual estaba simbolizada en los sacrificios de animales (Levítico 3:7-8). El Nuevo Testamento reconoce que Jesucristo, el Hijo de Dios, es “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). A través de “la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:29), Cristo obtuvo para la raza humana la redención del castigo eterno del pecado.

La encarnación de Cristo. A fin de poder morir por nosotros, Dios el Hijo, el Verbo de Dios, se hizo hombre. “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14). El Creador de los mundos, aquel en quien se manifestó la plenitud de la Deidad, se convirtió en el Niño impotente del pesebre. Muy superior a cualquiera de los ángeles, igual al Padre en dignidad y gloria, ¡y sin embargo, condescendió a revestirse de humanidad! Apenas podemos comenzar a comprender el significado de este sagrado misterio, el misterio del amor de Dios; y aun así, logramos hacerlo únicamente al permitir que el Espíritu Santo nos ilumine (Creencias de los adventistas, No. 4).

Dos naturalezas. Así que en la persona de Jesucristo, por su infinito amor y condescendencia, se conjugan dos naturalezas: la divina y la humana. Al encarnarse, esas dos naturalezas se fundieron en una sola persona: el Dios-hombre Jesucristo. “Dios fue manifestado en carne” (1 Timoteo 3:16; 1 Juan 4:2). De hecho, Jesucristo es un nombre compuesto de dos partes: Jesús, nombre común que señala su humanidad, y “Cristo,” título que significa “ungido” (de Dios) y señala su divinidad. Él es “Dios con nosotros” (Mateo 1:23).

Jesucristo es verdaderamente Dios¿Qué evidencias tenemos de que Jesucristo es divino? 1. Sus atributos son divinos (Juan 5:26; Marcos 1:24; Colosenses 2:3). 2. Su poder como creador y sustentador de todas las cosas (Juan 1:3; Colosenses 1:16-17; Hebreos 1:3, 10). La Biblia lo llama Dios (Romanos 9:5; Hebreos 1:8), y hasta el incrédulo Tomás reconoció su divinidad (Juan 20:28). Por ello se lo adora como Dios (Hebreos 1:6;

Filipenses 2:10, 11). Él mismo afirmó su igualdad con Dios (Juan 14:9; Juan 10:30). Jesucristo es uno con Dios el Padre, en su naturaleza, en su carácter y en sus propósitos. Es verdaderamente Dios.

Jesucristo es verdaderamente hombreLa Biblia testifica que el Hijo de Dios tomó una naturaleza humana real (Hebreos 2:14). Como humano nació (Mateo 1:16), creció (Lucas 2:52), tuvo hambre y sed (Lucas 4:2; Juan 19:28), se cansó (Juan 4:6), etc. La Biblia también testifica que Jesucristo retiene su humanidad en virtud de la cual es ahora nuestro Sacerdote y misericordioso intercesor en el cielo (Hebreos 2:17-18; 4:15). Como humano, él es el único mediador entre Dios y los hombres (1 Timoteo 2:5).

Es nuestro Salvador. Jesucristo es también nuestro único salvador. “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). Murió en la cruz para salvarnos, pues su sangre allí derramada nos limpia de todo pecado (1 Juan 1:7) y si lo aceptamos como salvador y Señor de nuestras vidas recibiremos su paz (Juan 14:27) y recibiremos el don de Dios para todos los que en él creen, esto es, la vida eterna (Lucas 18:28-30; Juan 3:36).

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