Una de las grandes preguntas que procuran contestar la ciencia y la filosofía es: ¿Cuál fue el origen del hombre? Hay diversas opiniones en cuanto a este particular. Algunos creen que el hombre es la culminación de un proceso evolutivo que duró millones de años. Otros creen que el hombre vino directamente de las manos de un creador bondadoso y amante. ¿Cuál de estos dos putos de vista es correcto? La respuesta fiel se halla única y exclusivamente en la Santa Palabra de Dios.
En Génesis 2:7 hallamos una descripción clara y sencilla del origen del hombre. Nos dice allí que las manos de Dios formaron el cuerpo del hombre, luego Dios le impartió el espíritu de vida y el hombre llegó a ser un alma viviente. No es correcto decir que el hombre tiene un alma. La Biblia enseña que la combinación del cuerpo con el aliento de vida constituye el alma. Es decir, ¡si el cuerpo y el espíritu no están juntos, no puede haber alma!
La Biblia también tiene mucho que decir en cuanto al origen de la muerte. Según Génesis 2:17 Dios le advirtió al hombre que si comía del árbol de la ciencia del bien y del mal, iba a morir. Esto nos indica claramente que el hombre fue creado, no era por naturaleza inmortal.
Génesis ·:4, 5 nos indica que en el huerto de Edén estaba presente la serpiente antigua que la Biblia identifica como Satanás (Apocalipsis 12:9). El enemigo le dijo a Eva que si comía del árbol se iba a morir, sino que sería como Dios. La Biblia nos enseña con absoluta claridad que solo Dios es inmortal: así que el diablo le estaba mintiendo a Eva. La madre de la raza creyó la mentira de Satanás u comió del fruto de árbol y así se infectó la raza humana con el virus de la muerte.
La Biblia nos dice claramente que el alma no es inmortal, pues el alma que peca morirá (Ezequiel 18:20). La Biblia también nos dice que todos los seres humanos han pecado y, por lo tanto, merecen la muerte (Romanos 3:10, 23). ¿Cómo podían los seres humanos liberarse de la sentencia de muerte?
La respuesta se halla en Jesús. Cuando una persona se arrepiente de sus pecados, los confiesa y cree en Jesús, sus pecados son perdonados. Ahora la persona está “en Cristo”. El discípulo amado nos dice que él tiene a Jesús, tiene la vida, y el que no tiene a Jesús, no tiene la vida (1 Juan 5:11, 12). Jesús dijo: “Porque yo vivo, vosotros también viviréis”. El cristiano verdadero no le teme a la muerte, pues ha pasado de la muerte a la vida al aceptar a Jesús.
Cuando un creyente en Cristo muere, todas sus funciones fisiológicas y mentales cesan. El cuerpo vuelve al polvo y la persona deja de respirar; y en ese momento sus pensamientos perecen. La Biblia nos dice que durante el período interino de la muerte dormimos (Juan 11:11). Es decir, los muertos en Cristo no van al cielo en el momento de la muerte. El sabio Salomón lo expresó así: “Los vivos saben que han de morir, más los muertos nada saben” (Eclesiastés 9:10).
Cuando Cristo venga por segunda vez, llamará del sepulcro a los que durmieron en él, pues el apóstol Pablo nos dice que “los muertos en Cristo resucitarán primero” (1 Tesalonicenses 4:15, 16). Los muertos que hayan aceptado a Cristo en vida como salvador y señor serán transformados en un parpadear. Recibirán cuerpos semejantes al de Jesús (Filipenses 3:20, 21). Se levantarán incorruptibles e inmortales para habitar para siempre con el señor Jesús (1 Corintios 15:51-55).