Autor: PhD Edgar Escobar Suárez
El mayor anhelo de Dios es que la humanidad perdida le permita redimirla, para que pueda experimentar el maravilloso don de la salvación. Para ello, en su infinito amor, Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo se unieron para llevar a cabo el gran plan de la salvación de la humanidad caída.
Con ese propósito, “tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eternal”.
El sacrificio en la cruz del Calvario de nuestro Señor Jesucristo como nuestro Salvador y sustituto, es el don más grande que se le haya dado a la humanidad, convenciéndonos de que somos pecadores irremediablemente perdidos. Solo hasta que reconozcamos nuestra impotencia ante el pecado y aceptemos descansar en los méritos de Jesús, es cuando iniciamos nuestra experiencia en el camino de la salvación.
El Espíritu Santo nos lleva a nacer espiritualmente, guiándonos a experimentar una nueva realidad ya no centrada en el hombre, sino centrada en Dios. Dándonos una muerte al yo y al pecado y una dependencia total en los méritos y el poder de Cristo, para vivir su vida en nosotros produciendo los frutos del Espíritu, confesando a Jesús en nuestra vida diaria, manteniendo la seguridad de la salvación ahora y en ocasión del juicio final.