Autor: Pr Daniel Ospina
Infinito es el amor del Dios eterno al hacer provisión de una ceremonia tan gloriosa para unir a su pueblo, perdonar, limpiar, santificar y hacernos participantes de la naturaleza divina.
La cena del Señor nos invita a cambiar la altivez por humildad, a dejar de buscar el más alto puesto para buscar el servicio, para dejar los celos y aprender a amar. Su reino es humildad, su grandeza es el servicio por amor.
La primera vez que aparece una ceremonia semejante es el éxodo, cuando al salir de la esclavitud egipcia, los Israelitas comieron pan sin levadura y comieron el cordero pascual. Pero “Cristo, que es nuestra pascua, ya fue sacrificado por nosotros”.
La cena del Señor consta de dos momentos especiales.
- Lavamiento de los pies: es un momento de escudriñamiento, de reconocimiento y de búsqueda del perdón. Al lavar los pies unos a otros, es como si estuviésemos lavando los pies de Cristo y él, lavando los nuestros. ”Lo que hiciste a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hiciste”.
- La participación en la cena del Señor: al comer los emblemas que representan el cuerpo y la sangre de Cristo, nos unimos como familia, nos unimos al cuerpo de Cristo, anunciamos la muerte del Señor; y al asimilar su Palabra recibimos vida. Jesús dijo que cada vez que comiéramos de su cena, estaríamos anunciando la muerte del Señor hasta que él venga. Para participar, pues de la cena del Señor se requiere la preparación del corazón a través de la confesión y la reconciliación.
Este rito recibe varios nombres en la Biblia:
- La cena del Señor 1 Corintios 11:20
- La mesa del Señor 1 Corintios 10:21
- Partimiento del pan Hechos 20:7 y 2:42
- La eucaristía Mateo 26:26 y 27:1, 1 Corintios 10:16 y 11:24.
La cena del Señor debe ser una ocasión de gozo y no de tristeza. El servicio de humildad provee la oportunidad de realizar un autoexamen, y después de recibir la certidumbre de la purificación del pecado, nos hallamos listos para entrar en comunión especial con Dios. Nos hallamos no a la sombra de la cruz, sino en su luz salvadora, listos para celebrar la victoria redentora de Cristo.
Se puede decir que dependemos tanto de Cristo para la vida espiritual como dependemos del alimento y la bebida para sostener la vida física.