Curso con certificado de las 28 creencias bíblicas de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

Tema 7: La Naturaleza Humana

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Autor: Mg. William Barrero Saenz.

 

Después que la tierra fue preparada para ser habitable para el hombre, éste fue creado directamente por Dios (Génesis 1:26-27, 2:7). Es verdad que el hombre fue formado del mismo polvo de la tierra, pero fue de un orden más alto que el orden del reino animal. La evidencia de lo divino excluye la posibilidad de un origen animal, o de la evolución.

No solamente en Génesis (5:2) sino en otras partes de las Escrituras (Deuteronomio 4:32; Salmo 100:3), se nos enseña que la raza humana se originó por la inmediata creación de Dios. La teoría de la evolución del hombre no tiene explicación para la naturaleza espiritual más alta del hombre. La creación directa también es apoyada por el hecho de la supremacía del hombre sobre todas las otras criaturas, lo cual no habría sido posible, si Adán hubiera sido meramente uno de ellos.

El hombre y la mujer fueron hechos a imagen de Dios, con individualidad propia y con la facultad y la libertad de pensar y obrar por su cuenta. Aunque fueron creados como seres libres, cada uno es una unidad indivisible de cuerpo, mente y espíritu que depende de Dios para la vida, el aliento y todo lo demás. Cuando nuestros primeros padres desobedecieron a Dios, negaron su dependencia de él y cayeron de la elevada posición que ocupaban bajo el gobierno de Dios.

Como la estampa del rey en la moneda, así es la imagen de Dios en el hombre (Génesis 1:27). El hombre no fue hecho a semejanza de otra criatura formada anteriormente, sino en la semejanza de su Creador. Sin embargo, hay entre Dios y el hombre una distancia infinita; solamente Cristo es la imagen perfecta de Dios, teniendo la misma naturaleza (Juan 14:9; Hebreos 1:3).

La imagen de Dios se desfiguró en ellos y quedaron sujetos a la muerte. Sus descendientes participan de esta naturaleza degradada y de sus consecuencias. Nacen con debilidades y tendencias hacia el mal. Pero Dios, en Cristo, reconcilió al mundo consigo mismo, y por medio de su Espíritu restaura en los mortales penitentes la imagen de su Hacedor. Creados para gloria de Dios, se los invita a amar al Señor y a amarse mutuamente, y a cuidar el ambiente que los rodea. (Génesis 1:26-28; 2:7; Salmos 8:4-8; Hechos 17:24-28; Génesis 3; Salmos 51:5; Romanos 5:12-17; 2 Corintios 5:19-20; Salmos 51:10; 1 Juan 4:7-8, 11, 20; Génesis 2:15).

El hombre es el comisionado o representante de Dios. Él es rey en el reino de la creación natural. Su Creador le asignó esta posición de preeminencia (Génesis 1:26-30; 2:19,20; Salmos 8:3-8), en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra y en todo animal que se arrastra sobre la tierra” (Génesis 1:26). En este pasaje, el hombre fue colocado sobre los órdenes inferiores de la creación en calidad de representante de Dios. El reino animal no puede comprender la soberanía de Dios, pero muchos animales son capaces de amar y servir al hombre.

David se refiere al dominio del hombre en los siguientes términos: “Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies” (Salmo 8:6-8) (Creencias de los adventistas del séptimo día, pág87).

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